San Agustín: naipes en la autopista

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Angela Leon Cervera

San Agustín. Un calor de esos sofocantes y un tráfico de mediodía pasando el antiguo Retén de La Planta en dirección este. Más allá del sol picante y del cielo descubierto, ventilándome un poco con un cartoncito que tenía en la guantera de la puerta del conductor, estaba animada y distraída.

Un edificio macizo, justo al lado de la estación terminal del Metro Cable, llamó mi atención y al alzar la vista más allá de la mole de mosaicos azules y negros, vi un flanco del Helicoide. Con sorpresa descubrí que nunca antes había notado que desde ese punto de la autopista podía verse el complejo donde hoy en día funciona la UNES.

Entusiasmada con mi hallazgo, escuché el frenazo agudo de una motocicleta y de inmediato el golpe seco: dos motorizados habían chocado entre sí. Vi con asombro cómo los cuatro pasajeros (dos en sendas motos) cayeron como naipes al pavimento. Unos gritos, unos manotazos y, para rematar mi sorpresa, uno de los pasajeros de la primera moto levantó del suelo a una bebita de no más de dos años.

No le pasó nada. Llevaba puesto un casco enorme, una chaqueta acolchada color rosa y se veía en buenas condiciones cuando la alzaron del suelo, recogieron el pedazo del guardafango que se había roto con el golpe, se subieron de nuevo en el vehículo de dos ruedas y desaparecieron. Los que impactaron contra la otra moto no se zafaron tan pronto del aprieto.

Sobre el canal del medio de la autopista quedó la parrillera lamentándose de un dolor en la pierna derecha y yo, aún atónita, tuve que seguir mi camino al salir de mi asombro con los cornetazos del chofer que venía tras de mí.

La Pastora: por el camino de los indios

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Angela Leon Cervera

La Pastora. Aún recuerdo la emoción que me producía saber que en esa oportunidad, como en tantas otras, mis padres decidirían cortar camino hacia la Avenida Sucre de Catia por “el camino de los indios”.

Cuando íbamos vía Gramovén o vía 23 de Enero para ir a visitar a mi tío abuelo en el Bloque 15, por allá, por detrás de la estación del Metro de Agua Salud, bajar desde la Plaza de La Pastora buscando la esquina de Guanábano era una pesadilla, como también lo era bajar por la calle del Edificio Mistol hasta la Avenida Urdaneta; entonces venía la aventura: el camino de los indios.

Mi madre decía que se llamaba La Vuelta del Guayabo, pero a quién le podía importar el verdadero nombre, cuando yo sólo esperaba con ansias el momento en el que mi papá lanzaba la descomunal trompa de su Caprice Classic del año 76 por aquella bajadita estrecha, empinada, y tocando corneta “para que el que viene sepa…”, explicaba cada vez que le preguntaba por qué lo hacía.

Llegados a la Avenida Sucre quedaban atrás las bajadas empinadas y peligrosas, las calles angostas, la casita azul de rejas negras que estaba inmediatamente después de la curva más cerrada y que recuerdo con cariño porque me gustaba de más. Llegados a la Avenida Sucre quedaba superada la aventura, hasta otra nueva oportunidad.

Plaza O’Leary: oasis en la Y

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Angela Leon Cervera

Plaza O’Leary. Eran alrededor de las ocho de la noche y una lluvia de esas de mayo me había obligado a cortar camino por la Avenida Bolívar. Al salir del túnel subterráneo, Las Toninas de Narváez salieron a mi encuentro.

Las contemplé durante segundos y pensé en el ambicioso proyecto arquitectónico de la reurbanización de El Silencio. Indecisa, con los vidrios empañados por la sofocante noche húmeda y el tráfico dispuesto a ser el protagonista de la velada, apenas si bajé unos centímetros el vidrio del carro (odio mojarme con la lluvia), lo suficiente para obtener una foto de la fuente y compartirla en las redes sociales como quien se precia de un tesoro.

Transcurridos unos minutos recibí un comentario de sorpresa. Aquella mujer me confesaba que cada día pasaba por la plaza para ir al trabajo, pero que nunca se había atrevido a sacar su teléfono celular para hacer una foto de la fuente.

Seguí mi camino rumbo a la Avenida San Martín, prometiéndole a las figuras silentes de Narváez volver en otra ocasión con más tiempo… y más megapíxeles.

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Este proyecto nace de la necesidad de recorrerte; de reconquistarte.

Caracas ha dejado de ser la odalisca rendida a los pies del sultán de verdes vestiduras, para convertirse en la renegada del Caribe. La ciudad que se levanta y que, a los gritos, saca a todos sus habitantes de sus camas.

Caracas, la que alberga sorpresas… buenas, malas, da igual. Recíbelas y acéptalas. De poco te valdrá quejarte.